Varios otros
personajes anuncian de inmediato la narración y nos sitúan en el
ambiente de conciencia de clase que dominará en el protagonista y su
familia: la estatua de Ceres, diosa de la agricultura y del mundo de
los muertos, presencia la demolición desde el jardín como testigo de
los ciclos de la historia. A esta estatua le blanquearán las ojeras
en el apartado IV, y en el V, al recobrar Marcial su libertad, la
Ceres será sustituida por una Venus, diosa del amor, pero asociada
siempre a lo frívolo e irresponsable de un amor no fértil (no hay
que olvidar que Marcial no tiene hijos). Esto sirve de antesala a la
presentación de la vida juvenil de Marcial caracterizada por un
sentido de casi total irresponsabilidad y vacío: su espíritu es
“poco llevado a la meditación,” se organiza un “sarao el día en que
alcanza la minoría de edad” (VI); luego, en el apartado VII, ingresa
en el Real Seminario de San Carlos “después de mediocres exámenes” y
lo vemos más abajo visitando el barrio de mujeres “andando pronto,
inquieto el corazón.” La transición de Ceres a Venus no indica un
cambio de actitud en su conducta, sino la acentuación de la
frivolidad burguesa del tiempo de la Colonia, unida casi siempre a
una moral de alienación e inoperancia. A este respecto el final del
apartado VII es esclarecedor:
Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes,
corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul
celeste, estrellas de papel dorado, Reyes magos, ángeles con alas de
cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le
aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar
vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y
Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas
sordas.[i]
Los otros
personajes que componen este preludio son “los peces grises del
estanque” a los cuales se les atribuye una suerte de capacidad de
atención, pues miran “con el ojo redondo” a los obreros. A medida
que se refluye en el tiempo, la presencia animal cobrará un
desproporcionado interés cuando el narrador coloque en una secuencia
paralela –apartado VII– las palabras “León,” “Avestruz” “Ballena” y
“Jaguar” al nivel de los nombres de Aristóteles, Santo Tomás, Bacon
y Descartes. En la sección XI, hacia el final del cuento, los
animales adquieren ya carácter de co-protagonistas al acercarse
Marcial a los perros, entre los cuales prefería al rebelde y
marginado Canelo:
[P]orque sacaba zapatos de las habitaciones y
desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o
cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba
sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en
cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la
gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de
patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban,
pero exultaba de alegría cuando el perro volvía triunfante, moviendo
la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de
Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus
habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.
(77)
Esta misma es
la predilección que el niño muestra en los apartados IX y X hacia
“el calesero Melchor,” con quien echa una partida de ajedrez
trocando los papeles del juego: Melchor -el rey mago- era caballo y
él, a su vez, era el rey. Los últimos personajes son los obreros
“negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular
de la casa.”[ii]
Al dar las
cinco de la tarde todo se va deteniendo y el lector parece asistir a
ese momento cero de un cuerpo giratorio que ha perdido el impulso
que lo movía:
Varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas
de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró
sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de
familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la
tierra. (58)
Va a comenzar
la marcha hacia atrás, tanto por el conjuro del viejo negro como por
el intento de desandar lo andado: “Entonces el negro viejo, que no
se había movido, hizo gestos extraños volteando su cayado sobre un
cementerio de baldosas” (II).
Se inicia el
regreso, primero de las cosas (II) -porque ellas sobreviven al
hombre- y luego del hombre mismo, porque es la causa de su propia
desaparición (III):
La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales,
pudorosa y vestida. (59)
La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la
noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos. (60)
De repente,
como en aire allegro, el narratario se siente succionado por
un torbellino que lo pone de bruces en un túnel y le obliga a
invertirlo todo, mostrándole, uno a uno, los acontecimientos del
pasado que se aceleran progresivamente, capturando el tiempo perdido
con absurda y palmaria lógica: todo hacia atrás, como en el
cinematógrafo:
Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su
lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el
escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la
reja, salieron de sus nieblas. (60)
El narrador
quiere hacer notar esta lógica de lo absurdo-posible e insiste en la
sección III con varios golpes a la ‘normalidad:’ “los cirios
crecieron lentamente perdiendo sudores;” “cuando el médico movió la
cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor;” al
bajar al despacho donde le esperaban unos hombres “para disponer la
venta pública de la casa” Don Marcial “saludó y le dejaron solo.”
“Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar las seis de la
tarde.”
El narrador
omnisciente está presente incluso aquí, en esta realidad que se
deslía de forma extrañamente irracional, pero presentándola como si
fuera natural. La afirmación “era el amanecer,” ligada a la que le
sigue inmediatamente: “el reloj del comedor acababa de dar las seis
de la tarde,” nos puede tomar por sorpresa, puesto que el apartado
primero había terminado señalando que eran las cinco de la tarde. Al
ser inevitable que luego de las cinco vengan las seis, el anuncio de
que era el amanecer (evidentemente el amanecer de ese mismo día) nos
indica que hay algo sumamente extraño, pues el tiempo –representado
en el reloj- sigue trascurriendo en su normalidad, aunque no así las
acciones de la historia que ya han entrado en su reversibilidad.
Desde aquí en adelante todo resulta irónico: a pesar de ser vidas
“desvividas,” los personajes no saben que van hacia atrás, es decir,
no saben su futuro (que es, en realidad, su pasado), aunque en el
apartado VI se nos intente hacer creer que intuyen lo que está
pasando:
Una noche, después de mucho beber y marearse con
tufos de tabaco frío dejados por sus amigos, Marcial tuvo la
sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco,
luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y
media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como
cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse
sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles
firmemente asentados entre las vigas del techo.
Pero esta
sensación no es aceptable -el héroe está borracho- y, por ende, el
narrador la excluye de inmediato al señalar la frivolidad como
característica de la vida presente de Marcial: “Fue una impresión
fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado,
ahora, a la meditación.”
Ninguno de
nosotros sabe cuándo se va a morir y, por esta razón, proyectamos
constantemente para el futuro. Marcial había sido un ser impotente,
sensual y solo al que todo se le había arruinado: la mujer muere en
un accidente,[iii]
no tiene hijos y, en su propia muerte había intentado un último acto
de olvido y refugio en el cuerpo de la mujer desnuda del apartado
III. Es decir, al ir recuperando la vida de Marcial desde estas
coordenadas, el narrador pretende mostrarle a su narratario que todo
lenguaje literario es representación y que, sea en el sentido de las
manecillas del reloj como a su inversa, los personajes o la
literatura, en general, dependen de una voluntad de creación. Lo que
sucede es absurdo, mas podría ser perfectamente natural si fuera
verdad el relato del Extranjero de Platón. Todo se va revirtiendo,
pero de una forma natural, sin consecuencias drásticas, sin hechos
extraordinarios; es un regreso vulgar y corriente:[iv]
en el apartado IV primero es el luto, luego los remordimientos de
Marcial -lo que nos hace sospechar que tuvo que ver con la muerte de
su esposa- y, más tarde, el regreso de la señora Marquesa a la cual,
como signo premonitorio (según ya señalamos en la nota 17)- se le
rompió una tinaja llena de agua en el baño al anochecer, pues “no
había día en que el agua no revelara su presencia.”[v]
La narración
adquiere su mayor refinamiento técnico y emotivo en los apartados
VIII, IX, X, XI, que podríamos titular respectivamente: “niñez,”
“visión y regreso del padre,” “Marcial y Melchor o la amistad” y
“los animales.” Desde el principio de esta última etapa del viaje de
regreso, asistimos a un acontecimiento literario. Cuando Carpentier
escribe (VIII): “Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener
los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor,” nos parece
perfectamente lógico dentro del esquema inverso de la narración, de
su falta de lógica; pero este lenguaje nos está ofreciendo tanto la
conciencia insolvente del héroe, quien es abocado a situaciones no
planificadas de antemano, tal cual le había sucedido en la vida que
ahora se le desliaba, como la visión de la realidad desde la
perspectiva del niño. Así, en el apartado VIII, desde el día que se
acomodó en el suelo para jugar con sus soldados de plomo:
Marcial conservó el hábito de sentarse en el
enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se
sorprendió por no haberlo pensado antes. Afectas al terciopelo de
los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a
notario -como Don Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la
frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden
abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación.
Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones
de sombra, que se ignoran a altura de hombre.
El respeto
que Marcial siente hacia su padre, el Marqués, añade a lo
anteriormente señalado una nota de humor irónico que explica, en
cierta manera, la ligereza e insubstancialidad del, hasta hace un
momento, joven Marcial: era una cuestión genética:
El niño respetaba a su padre porque era de elevada
estatura y salía, en noche de baile, con el pecho rutilante de
condecoraciones; porque le envidiaba el sable y los entorchados de
oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo
entero, relleno de almendras y pasas , ganando una apuesta; porque,
cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las
mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su
habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco
después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era
la que siempre vaciaba las fuentes de compota de vueltas a la
alacena. (IX)
El deshielo
de la conciencia del yo continúa en la sección X, cuando Marcial
oculta a todos un gran secreto: “La vida no tenía encanto fuera de
la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el
obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes
como Melchor” (75).
Conviene que
hagamos notar la asociación de Melchor con los Reyes Magos, pues la
visión del decreciente niño ha sido provocada por los cuentos del
calesero, que servirán de pórtico a la plasticidad de las
sensaciones a las que seremos introducidos en el apartado que sigue.[vi]
Por la constante repetición de historias y canciones, Marcial conoce
a la perfección las acciones presentes y pasadas del amigo, el
hombre sensual por antonomasia, que encarna el espíritu total del
hombre primitivo dominado por los instintos, pero que domina la
naturaleza porque la conoce en su propio medio. Es un hombre que
viene de un reino lleno de gestas heroicas y fantásticas:
Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había
elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no
trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones oscuras, llenas de
legajos. Vivían de ser más astutos que los animales.
Melchor es,
al mismo tiempo, un rebelde y marginado, como ya advertimos, y lleva
a cabo acciones que al niño le gustaría realizar, pues habla su
lenguaje y vive su propio sueño infantil:
Robaba dulces en la cocinas; se escapaba, de noche,
por la puerta de los cuadrerizos y, cierta vez, había apedreado a
los de la guardia civil . . .. Sabía también lo fresco que era un
suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una
fruta o un pastel arrebatadas a las bandejas destinadas al Gran
Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de
grageas y almendras, que llamaban el “Urí, urí, urá,” con entendidas
carcajadas. (75-76)
Lo
colectivo-personal ha desaparecido de la vida del héroe (¿o debemos
decir “deshéroe?”), que, como antes por su padre, siente gran
admiración por “aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con
só1o encajarles dos dedos en los belfos,” y se siente llamado a la
emulación al ver las botas religiosamente puestas a secar junto al
fogón de la cocina: “Hubiese querido tener pies que llenaran tales
botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda,
Calambán” (75).
Pero en su
viaje de vuelta hacia la percepción sensual y la nada, llega un
momento en que determinado lenguaje se hace también complicado, y
por ello, cuando adopta la costumbre “de romper cosas,” Marcial
olvida a Melchor “para acercarse a los perros” (vida del instinto),
entre los cuales, por ser el más travieso, prefiere a Canelo [como
ya señalamos antes]:
[O]rinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa
del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se
ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos. Pero los
cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores.
Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de
aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca
del tejadillo calificaba a su padre de “bárbaro,” Marcial miraba a
Canelo, riendo con los ojos. Lloraban un poco más, para ganarse un
bizcocho, y todo quedaba olvidado. (77-78)
Hay una
humorística e irónica confusión en el párvulo cuando se señala cómo
se identifica con Canelo y cuando, desde la perspectiva del niño, el
narrador coloca en el mismo estrado al hombre en ciernes y todo tipo
de animal, sin hacer distinción de su nivel instintual o inteligente
(pues a todos se refiere con el nombre de “gente”):
En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban
de gente. Ahí estaba la gansa gris…; el gallo viejo del culo pelado;
la lagartija que decía “urí, urá,” sacándose del cuello una corbata
rosada; el triste jubo…; el ratón que tapiaba su agujero con una
semilla de carey. (78)
Todos estos
no son más que pasos previos a la absoluta libertad de los sentidos
primarios con que se cerrará el apartado: “Un día señalaron el perro
a Marcial. -¡Guau, guau! –dijo. Hablaba su propio idioma. Había
logrado la suprema libertad” (78).
Carpentier invoca e invierte el viejo
tópico medieval que señala Curtius del puer senex y lo
convierte en senex puer, no en sentido espiritual, sino
rigurosamente temporal y léxico.[vii]
El broche de
oro narrativo se acelera, pues la vuelta a la semilla es el todo del
ser y es su nada; el viaje de las manecillas del reloj corriendo
constantemente de occidente a oriente nos delinea una concepción
circular del mundo y del hombre, pendientes ambos de un centro de
gravitación, idea que se había sutilmente sugerido en el apartado
VII cuando Marcial había pensado (aludiendo a la manzana de Newton y
al grito Eureka de Arquímedes): “Una manzana que cae del
árbol es sólo incitación para los dientes; un pie en una bañadera no
pasa de ser un pie en una bañadera” (70). Jamás la manzana que cae o
el agua en la bañera podrían ser, para él, motivos de reflexión y,
mucho menos, de grandes descubrimientos de la física.
El final de
todo es su comienzo y viceversa, como indicábamos al inicio de estas
reflexiones citando la cuna y la sepultura de Quevedo. Olvidado
todo, Marcial renuncia al olfato, al oído, a la vista y emprende su
regressus ad uterum, ad ovum, ad nihilum:
Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo
le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que só1o
divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente,
húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo
arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida. (79)
Con su
regreso al vacío del apartado XII, Marcial deja un torbellino que
arrastra hacia el vientre de la nada cuanto compuso su mundo, y
precipita las cosas hacia el remolino del desconcebirse:
Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas.
Los peces cuajaron la hueva dejando una nevada de escamas en el
fondo del estanque.. . . Crecían pelos en la gamuza de los guantes.
Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros
distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos,
las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus
antiguas raíces al pie de las selvas.. . . Todo se metamorfoseaba,
regresando a la condición primera. El barro volvió al barro, dejando
un yermo en lugar de la casa. (79-80)
Este desierto
que queda “en lugar de la casa,” nos revela la elección cuidadosa
que realiza Carpentier de los ejes de la narración, la cual, con
este destello de virtuosismo técnico, puede ya tornar a su
diacronía. Una noche ha sido todo el espacio temporal con que hemos
dispuesto para nuestro regreso al “tiempo espacial,” es decir, al
marcado por las horarias, las minuteras y las segunderas, doce horas
apenas.[viii]
Con el
apartado XIII, el relato regresa a su “normalidad,” tratando de
hacerle creer al lector que ahora no habrá de violentar sus
categorías: los obreros llegan “con el día para proseguir la
demolición.” Pero he aquí que la casa del apartado I, que, al caer
la noche, “estaba más cerca de la tierra,” que erguía todavía “un
marco de puerta” y ofrecía el testimonio de la Ceres del jardín,
ofrece ahora un “yermo.”[ix]
Con ello se unen irónicamente el relato fantástico, en el cual todo
parece suceder con cierto aire de magia, y una realidad que,
queramos o no, es también magia y rito, destino y azar: lo real como
maravilloso, lo mágico como real que Donald Shaw aplica a esta obra
de Carpentier, indicando que en ella se da el más auténtico
realismo mágico.[x]
¿El elemento de transición? El
yermo [desierto] =
casa
que
desconcierta a los obreros, quienes encontraron el trabajo acabado,
y desconcierta también al lector que se pregunta: ¿dónde comienza y
dónde termina lo real? Porque si era ficción lo contado a
contrapelo durante los anteriores doce capitulillos, ¿no era del
mismo modo una ficción el tiempo? Una vez dada la queja al Sindicato
“los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque
municipal.” La historia de la burguesía termina definitivamente con
la demolición de la casa, y ahora el obrero puede dedicarse al
ejercicio del ocio que es prerrogativa del burgués. Al derrumbarse
el pasado, una nueva etapa parece ir a empezar.
La obra no es
sólo un simple ejercicio estético de la reversibilidad del tiempo,
sino también la condena de una época colonial, de una sociedad
frívola y mediocre[xi]
que no había sabido hacer del individuo un ser útil y fructífero, ni
éste había puesto los medios para ello, por lo que fracasaron ambos.
En
conclusión, hay en esta obra de Carpentier, una ética de la
estética, que entronca con la distinción entre Herdenmoral y
Herrenmoral de la que hablamos al establecer los contactos
con la obra de Nietzsche. Esta ética de la estética, según la cual
se entiende la literatura como una experiencia viva, la obra como un
acto poético en acción, la escritura como acto estético y todo
escritor como un cronista que abre los ojos para entender y comentar
la historia y su tiempo, coloca a Carpentier en la misma línea
marcada y defendida ya por Martí, para el cual toda escritura debía
estar acompañada de una acción que corroborara aquélla.
Al regresar
de nuevo al relato en el que había quedado suspendido al final del
apartado I, el narrador dice que uno de los hombres recordó la
historia “de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de
mayo”, tratando de hacerle un truco al lector, y desviarle del
sentido que el mismo narrador había querido darle al relato, el cual
vuelve, a su vez, en las últimas líneas, a retomar el camino del
río, del tiempo, de la normalidad, hilo con que se hilvana el vivir,
traído ahora a la misma categoría de la muerte:
Nadie prestaba atención al relato, porque el sol
viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha
de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más
seguramente llevan a la muerte. (XIII)
NOTAS
[i]
El texto que utilizamos aquí es el publicado por Ediciones
Corregidor de Buenos Aires en 1973 con la autorización de Barral
Editores de Barcelona. En esta edición se elimina “El acoso” y
se le añaden dos narraciones socio-histórico-fantásticas: “Los
fugitivos” y “Los advertidos.”
[ii]
Citado por Ambrosio Fornet, Antología del
cuento cubano contemporáneo. México: Era, 1966, p. 115. No
hay que olvidar que Carpentier, además de incansable
investigador de las raíces folklóricas de la música de Cuba
(véase su La música en Cuba de 1946 y Ese músico que
llevo dentro de 1980), mostró una eficiente inclinación
hacia la interpretación pianística, compuso acertadas piezas
musicales y dedicó una gran parte de su obra a la estrecha
relación entre la narrativa y la música, diseñando sus obras en
torno a estructuras prestadas de la forma musical (Concierto
barroco de 1974 y La consagración de la primavera de
1978, para nombrar sólo dos de las más evidentes) o creando
personajes de una evidente dimensión musical (como el narrador
sin nombre de Los pasos perdidos, compositor de
profesión, que se embarca en la Amazonía a buscar primitivos
instrumentos musicales que le ayuden a regresar a los orígenes
del tiempo).
[iii] “Confesiones
sencillas de un escritor barroco,” Cuba, III, 24 (abril
1964): 30-33. Lo que aquí indica el escritor cubano con su
personaje viajando hacia el pasado es muy parecido a lo que
relata H.G. Wells en su archiconocida novela de ciencia-ficción
La máquina del tiempo de 1895 en que su personaje central
llamado Viajero del Tiempo inventa una máquina para saber qué va
ase ser de la humanidad 800.000 años después del presente.
[iv]
Esta obra, en su versión al francés con el sugerente (aunque
poco acertado) título bíblico Le partage des Eaux (La
división de las aguas), obtuvo en París el Prix du Meilleur
Livre Etranger (1956) y ya para 1958 había sido traducida al
inglés, noruego, sueco, danés, finlandés, alemán, holandés,
italiano y yugoslavo. Si el traductor o el editor francés pensó
en no cruzar la obra de Carpentier con la novela surrealista de
André Breton Le pas perdus de 1924, podía tranquilamente
haberle dado el nombre de Les pas perdus en plural o
cambiar de palabra sin perder demasiado el sentido, como en
Les traces perdus.
[v] En su
Historia de la novela hispanoamericana (México: Ediciones
Andrea, 1974), Fernando Alegría señala que John Balderston y
Virginia Woolf ya habían tratado respectivamente el tema en
Berkeley Square (1933) y Orlando (1928), aunque
Orlando, quien cruza su sexualidad y se viste en ropas de ambos
géneros, en realidad viaja desde el pasado del siglo XVI al
futuro de principios del siglo XX. Manuel Durán en “El cómo y
el porqué de una pequeña obra maestra.'' [Cfr. Klaus Müller-Bergh,
Asedios a Carpentier (Santiago de Chile: Editorial
Universitaria, 1962)], añade el precedente del Apocalipsis
bíblico, dos relatos de Quevedo: “El sueño de las calaveras” y
“La hora de todos” [yo incluiría aquí también su relato
“El mundo por de dentro”], el auto sacramental de Calderón Lo
que va del hombre a Dios y la novela de H.G. Wells: The
Time Machine (1895), que ya mencionamos, sólo que el
protagonista de Wells, Time Traveller (Viajero del Tiempo),
puede viajar del pasado al futuro remoto por medio de una
máquina que se ha inventado y que le causa su propia
desaparición.
[vi]
Eurípides, Orestes, 995ss. Tomado de Eurípides, The
Complete Greek Drama, edited by Whitney J. Oates y Eugene
O'Neill, Jr. Vol. 2.
Orestes,
traducido al inglés por E. P. Coleridge. New York: Random House,
1938. [Mi traducción al español.]
[vii] Como
resulta imposible por las dimensiones de este trabajo reproducir
por entero esta conversación entre el Extranjero y el joven
Sócrates, remitimos a ella por creerla de imprescindible interés
para ver la estrecha relación que establecemos entre el relato
de Carpentier y esta obra de Platón. [Plato, Politicus.
Cambridge, MA: Harvard University Press, 1962, pp. 48ss.]
[viii]
Utilizamos la traducción
española de Luis Echávarri. Buenos Aires: Penser, 1956.
[ix]
No hay que
olvidar que este libro tiene la estructura de un juego de
ajedrez en el cual las figuras mayores se mueven hacia cualquier
lado, dándole a la historia cierto carácter de reversibilidad
lúdica esencial para entender la conexión que establecemos entre
Carroll y Carpentier. No es pura coincidencia el juego de
ajedrez que protagonizan Marcial y Melchor en el apartado IX de
nuestro cuento.
[x]
La formulación de estas breves notas sobre
Nietzsche han sido elaboradas a partir de la lectura de Aíi
hablaba Zaratustra (Buenos Aires: Fausto, 1999) y del libro
de Karl Jaspers: Nietzsche: Introduction á sa philosophie
(Paris: Gallimard, 1950).
[xi]
No creo que sea mera casualidad el hecho de que
el trabajo de Carpentier arranque con la demolición de la casona
que había sido lugar de muertes y sinsentidos.
[xii]
Mario Vargas Llosa, “Cuatro preguntas a Alejo
Carpentier.” Marcha, Montevideo, No. 1246, 12 de marzo de
1965.
[xiii]
Loc. cit.
, p. 62.
[xiv]
Esther Mocega-González,
La narrativa de Alejo Carpentier. New York: Eliseo
Torres, 1975.