-Armando
de Armas/ martinoticias.com
16 de junio de 2011-
PATTON: GUERRA, MAGIA,
ESCRITIURA, REENCARNACIÓN
Por
Armando de Armas
"¿Sabes?, el mundo se divide en dos categorías: los que tienen el
revólver cargado y los que cavan. Tú cavas." (Cleant Eastwood en “El
bueno, el malo y el feo”).
El general
afirmaba haber tenido vívidas visiones en que se comunicaba con sus
ancestros, muchos de ellos también militares, que le asesorarían desde
el más allá sobre el mejor desarrollo de las que serían sus más
acertadas decisiones bélicas.

El general estadounidense George Smith Patton.
(Foto: Archivo martinoticias.com)
El famoso
y feroz general estadounidense, George Smith Patton,
como Winston Churchill, estaría fuertemente apercibido acerca de que la
Segunda Guerra Mundial no era una escabechina más, sino una de
dimensiones cósmicas de enfrentamiento numinoso entre las fuerzas de la
luz y las tinieblas y, en ese sentido, el audaz matador de teutones
llegaría a asegurar que en todas sus vidas anteriores había sido
guerrero siempre, a saber, un legionario romano, un mariscal
napoleónico, o nada menos que Aníbal el cartaginés, en unos avatares que
lo llevarían a través de los siglos en una sanguinaria sucesión de
conflictos que no serían otra cosa que la historia misma del hombre y,
como muchos otros miembros de su familia, afirmaba haber tenido vívidas
visiones en que se comunicaba con sus ancestros, muchos de ellos también
militares, que le asesorarían desde el más allá sobre el mejor
desarrollo de las que serían sus más acertadas decisiones bélicas.
Como
Churchill, Patton también fue escritor, pero, a diferencia del
británico, el estadounidense no pasaría de escribir algunos poemas
probablemente románticos, ensayos y textos de índole puramente militar.
Luego si Churchill fue dos veces rey, en las letras y en las armas,
Patton lo sería sólo en las armas pero, por otro lado, sus lecturas eran
profusas e iban de la Biblia a la Ilíada y la Odisea de Homero, pasando
por las sagas de Thomas Babington Macaulay, Primer Baron Macaulay, sobre
la antigua Roma, y los temas reencarnacionistas y ocultistas en general.
Por cierto que Patton no sería un esmerado escritor en letras, pero fue
un esmerado escritor en sangre, con sangre; pues en sangre, con sangre
de nazis, escribió, inscribió, tatuó, trazó la indeleble estela de la
libertad en Europa y el Norte de África.
En uno de
sus ensayos el general escribió algo que denota no sólo al guerrero,
sino al guerrero de índole espiritual, muy en la tradición orientalista,
pero también en la occidentalista que bebe en el oriente, esa que de la
mano de los templarios entiende la lucha más como una cuestión del alma,
de las pulsiones del alma, que del cuerpo, de las pulsiones del cuerpo;
esa que deviene en una élite de monjes guerreros y caballeros
nigromantes: "El secreto de la victoria no radica pura y
exclusivamente en el conocimiento. Merodea invisible en esa chispa
vitalizadora, intangible, sin embargo evidente como un rayo, que es el
alma guerrera. La firme determinación de adquirir un alma guerrera,
adquiriéndola para conquistar o perecer con honor, es el secreto de la
Victoria."
Y es que
Patton, como ya apuntamos acerca de la cubana Gertrudis Gómez de
Avellaneda, nunca se sintió acomplejado, como se ha puesto de moda, de
ser un caballero, un miembro de la alta clase y un amigo del orden
natural de las cosas y, parafraseando lo que dijo el filósofo Enrique
José Varona acerca de la Avellaneda, a Patton le oiréis cantar a los
imperios capaces de imponer cierta armonía dentro del caos, al triunfo
del cristianismo, a las fuerzas prepotentes y misteriosas de la
naturaleza, que a Patton nada le mueve, sino lo que sobresale, lo que
impone y, por lo mismo, al general de las dos pistolas con rutilantes
cachas de marfil al cinto, nunca le gustaría hacer el humilde, el
demagogo, el héroe de los desposeídos que tanto vende mediáticamente,
sino que se considera así mismo como un aristócrata, mas en la tradición
de los antiguos templarios que en la del Ejército estadounidense. Sólo
un templario, un aristócrata como Patton, puede darse el lujo de decir
lo siguiente en medio de la dictadura de la deslucida modernidad:
"¿Sabes?, el mundo se divide en dos categorías. Los que tienen el
revólver cargado y los que cavan. Tú cavas". Para, más adelante,
añadir la única fórmula mediante la cual podría atisbarse algún tipo de
igualdad entre los hombres, igualdad en el exacerbamiento del ego, el
ego como fuerza para obtener la igualdad no en la mediocridad, a ras del
suelo, como proclaman los socialistas nuestros de cada día, socialistas
nazis y socialista marxistas, una y la misma materia excrementicia, sino
en la excelencia, en la cumbre, como proclaman los iniciados:“Por
medio de la perseverancia, el estudio y
el deseo eterno, cualquier hombre puede llegar a ser grandioso” .
Más allá
de la creencia de Patton en la reencarnación, lo cierto es que entre sus
ancestros había decenas de hombres que escogieron el ejercicio de las
armas como profesión, así uno de sus abuelos combatió y murió bajo la
bandera confederada durante la Guerra Civil en Estados Unidos. Patton
nació en un rancho de San Gabriel, California, en noviembre de 1885, en
el seno de una familia adinerada y desde niño se aficionó a la lectura
de los clásicos y, sobre todo, de libros atiborrados de batallas,
muertos, sangre, derrotas y victorias. En 1909 se graduó en West Point
y, en 1916, cuando el bandolero y patriota mexicano Pancho Villa cruzó
la frontera y atacó Nuevo México, tuvo ocasión de ver en la vida real la
sangre y el fuego que hasta ese momento sólo habían formado parte del
mundo de los libros y de su ardiente imaginación. Allí, un día, Patton
arribó en su coche al frente de un grupo de hombres a un rancho donde
estaba atrincherado el ayudante de Pancho Villa, Julio Cárdenas, y
ocurre que el futuro héroe de la Segunda Guerra Mundial armó un tiroteo
al más puro estilo de las películas del oeste norteamericano
y, cuando se disipó el humo de la pólvora, se descubrió una
escena donde yacían dos cadáveres de mexicanos en el suelo. Dicen que
Patton hizo la señal de la cruz y grabó dos muescas en las cachas de su
pistola; en el inicio de lo que después sería sarcásticamente denominado
como su mapa personal de la muerte.
Cuentan que el eficaz matarife cargó los dos cadáveres de invasores
mexicanos en el coche y se fue a ver a su jefe que, al verlo, exclamó:
"Tenemos un verdadero bandido en nuestras filas". Su jefe era
nada menos que el general John "Black Jack" Pershing, quien acabó
teniendo un encendido romance con la hermana de Patton, Nina, y entonces
sucede más tarde que cuando la Primera Guerra Mundial estalla y Estados
Unidos entra al conflicto, Pershing fue designado para las operaciones
militares en Europa y se lleva consigo al buen bandido de Patton.

George C. Scott protagonizando al general en el
filme "Patton".
Patton
apreció los primeros tanques de guerra en el frente francés y dirigió
con éxito su primer contingente de blindados en Saint Mihiel. En Argonne,
sus hombres cayeron bajo fuego de ametralladoras y Patton, en lugar de
cubrirse, se puso en pie y los arengó al combate, y es allí donde pudo
ocurrírsele su sabia definición del valor: “El valor es aguantar el
miedo un minuto más”. La bala lo alcanzó en el muslo, cerca de la
ingle, y le salió a centímetros del recto.
Luego
regresó a casa y, tras restablecerse, se aburría entre agasajos y
comilonas; nuestro hombre detestaba la paz, la mediocridad de la paz.
Pero el cumplimiento de su destino le adviene con la Segunda Guerra
Mundial y, en 1943, Patton desembarca en Casablanca, marcha a Túnez y
derrota al Afrika Korps en El Guettar.
Posteriormente, en la invasión de Sicilia le ordenan cubrir el flanco
izquierdo del aliado, y al mismo tiempo rival, Montgomery, pero pronto
improvisa el pistolero estadounidense una arriesgada y fulminante marcha
a través de la isla, libera Palermo y entra en Messina, mucho antes que
los británicos comandados por Montgomery. Su fama de agresivo, impulsivo
e imprevisible corría y se expandía como pólvora, nunca mejor empleada
la imagen, por entre las filas aliadas, y más aún, por entre las filas
fascistas que tienen pánico del mafioso estadounidense, como le nombra
Adolfo Hitler; tan gris y pacato como suelen ser los socialistas, no
podía soportan la pintoresca personalidad del audaz matador de teutones.
Patton, extravagante y egocentrista, llamaba la atención, entre otros
elementos, por su vistoso uniforme y por las blancas cachas de sus
revólveres, una a cada lado de la cintura como en el Viejo Oeste; de la
marca Colt y del calibre 45. La prensa decía que eran de nácar pero
Patton contestó un día ofendido en su orgullo: “Son de marfil. Sólo
un chulo de Nueva Orleans llevaría nácar”. Los alemanes temían a
Patton como el diablo teme a la cruz, y entonces los servicios de
inteligencia de los aliados comenzaron a usarlo para amedrentar a los
nazis, de manera que filtraban información para hacer creer a los
teutones que estaría en sitios y operaciones disímiles; como si Patton
tuviese el don de la ubicuidad. Así, su sola presencia en Malta sembró
el pánico ante un desembarco americano en Grecia y, en vísperas del Día
D, el alto mando alemán estaba convencido de que la invasión corría a
cargo del mafioso Patton en el paso de Calais.
No estuvo
Patton en el desembarco de Normandía, pero en julio de 1944 tomó las
riendas del Tercer Ejército, hecho a su medida, y atravesó toda Francia
en una ofensiva feroz y espectacular. Mientras sus comedidos superiores
procuraban frenarlo, sus soldados y oficiales se salían no ya de los
moldes sino de los mapas en un tipo de guerra que tenía más que ver con
el espíritu de las Cruzadas que con la gris y grasienta mecánica de la
modernidad. Copa a los teutones en la bolsa de Falaise, se adelanta en
su jeep de combate para orinar sobre el Sena y sigue rumbo a Metz, donde
el Tercer Ejército queda atascado por falta de gasolina y Patton se
lamenta porque considera que se favorece a Montgomery en detrimento
suyo.
Pero, el
16 de diciembre de 1944 se da la ofensiva de las Ardenas, por la parte
alemana y, en la reunión de jefes que sigue al ataque, el general
Eisenhower, comandante supremo de las tropas aliadas en el Frente
Occidental y posterior presidente estadounidense, le dice a Patton:
"George, tienes que ir al contraataque con seis divisiones. ¿Cuando
puedes empezar?", y Patton responde: "Ahora", y comienza a
obrar a su manera y con frenesí, y cuando la 101 aerotransportada quedó
cercada en Bastogne, Patton, en alarde bélico, asegura que en dos días
él podía girar el rumbo de su avance, liberar Bastogne y cortar en dos
el ataque alemán. La marcha de 160 kilómetros a través de la nieve le
ganó un lugar de honor en la historia militar. En marzo, tras su
tradicional meada al cruzar el Rin, fingió que se caía para coger con
las manos un puñado de tierra alemana; el mismo gesto de Guillermo el
Conquistador al desembarcar en Inglaterra en 1066.
Con el
advenimiento de la paz Patton se siente frustrado y asegura, a quien
quiera oírlo, que si lo dejan sus superiores llega con sus tanques y sus
hombres hasta el mismísimo Moscú para acabar de una vez y por todas con
la dictadura de los comunistas eslavos pues, como Winston Churchill,
otro grande, odiaba tanto a los camaradas arios como a los camaradas
proletarios y, como Churchill, estaría también apercibido de que en ese
enfrentamiento numinoso entre las fuerzas de la luz y las tinieblas que
sería la recién terminada Segunda Guerra Mundial, los comunistas, como
los nazis, estaban no sólo del lado de las tinieblas sino que eran las
tinieblas mismas. Nombrado gobernador de Baviera, sus declaraciones
políticamente incorrectas, entre ellas la de cargarse a los camaradas
soviéticos a punta de los tanques Sherman, provocan que se le relevé del
mando de su Tercer Ejército, y, en diciembre de 1945, va y se fractura
el cuello en un extraño y estúpido accidente de tráfico en Mannheim, y
entonces agoniza durante dos semanas en un hospital antes de perder su
primera y última batalla; esa que lo llevaría a ganar la inmortalidad.
Su muerte
desató toda suerte de rumores, entre ellos que había sido asesinado por
los servicios secretos de los soviéticos con la complicidad, inclusive,
de los servicios secretos estadounidenses y, en ese sentido, parece
apuntar el historiador militar Robert Wilcox en su reciente y muy
documentado libro Target Patton u Objetivo Patton. Un
final adecuado para un homagno que apostó por la manipulación de las
fuerzas ocultas en el rejuego universal del bien y el mal; arriesgado
juego en el que a menudo tuvo que hacer el mal para obtener el bien.

Pintura de Patton y uno de sus tanques.
Fuente: Radio TV Martí
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