Literarias Siglo XXI

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CONTENIDO

 

Gana autor español premio de relato corto

 

El futuro del libro electrónico y el de papel, por Google

Los escritores que más dinero ganan

 

Rumba catalana con salsa gitana

Escuchen (luego del speech introductorio) al grupo musical catalán Estrellas de Gracia en "Córtate la lengua chivato". Para que los chivatos de Cuba de todos los tiempos sepan que la justicia los alcanzará algún día. Luego, disfruten de "Kikiribú".

 

Actualidades

Curso de locución y presentación de Radio y TV

Tenerife acoge la IV Cumbre de Editores Independientes Latinoamericanos

Actividades del Centro Cultural Español de Miami. Pronta inauguración de nueva sede

Actividades del Pen

 

Novedades Literarias y Periodísticas

 

FRASE

 

Hemingway

 

 

Festival: "El más parecido

a Hemingway

    2011"

           Ganador

Entrevista a Hemingway en la TV cubana en 1954

al ganar el Nobel de Literatura

 

Descubra los nuevos libros


 

ESCRITORES

 

Cuentos

El sabueso que lo haría famoso,

por Juan Alborná Salado

 

(Miami-EUA)

 

ReporterosConFronteras

67 asamblea de la SIP en Lima

 

(Miami-EUA)

 

Ámbito literario madrileño

D.H. Lawrence: la sensualidad narrativa de un escritor irracionalista, por Pedro García Cueto

(Madrid-ESPAÑA)

 

Disquisiciones

"You" or the Second Person Point-of-View in College Essays,

por María Jacketti

(Hazleton-EUA)

 

Letras

El Quijote

¡INTERACTIVO!

Véalo conpleto

por Juan Falcón

(Miami-EUA)

 

Entornos de literatura

La última mentira

-relato corto-

por Andrés Candelario

(San Juan-P.RICO)

 

Reseñas

Lectura de Otrodidades

por Francisca
Domingo Calle

 

(Madrid-ESPAÑA)

 

Mi página

Cuba: un nuevo realismo mágico en la prensa y la literatura independientes

(Este ensayo fue eliminado por Gloria Leal: censora castrocomunista de El Nuevo Herald),

por Juan Alborná Salado

(Miami-EUA)

 

Faranduleando

Columna del 25 de septiembre, por María Argelia Vizcaíno

(Miami-EUA)

 


MISCELÁNEA

 

Noticiero insólito internacional.

 

CERTÁMENES LITERARIOS

 

Concursos literarios hasta por Internet

 

La página del cuento

 

Cursos, talleres, seminarios, conferencias.


 

Internet

 

Enlaces (Links):

 

Instituciones y escritores


 

ENTORNOS DE LITERATURA


 

LA ÚLTIMA MENTIRA

-relato corto

 

 (San Juan-Puerto Rico)

por Dr. Andrés Candelario

 

 

 De frente, en los primeros asientos, estrechamente vigilados por un numeroso contingente militar, tus excompañeros de organización, con ojos azorados, te observan  en estado de “shock”. Tú, desde el banquillo de los testigos, los miras desafiante -como tiene que ser- mientras, en secreto, clavas las uñas en la tensa humedad que te fluye desvergonzadamente de ambas manos… La Jueza se dispone ya a comenzar los procedimientos. Afuera, los periodistas extranjeros atisban por entre los rostros  momificados de la policía que ha acordonado la zona y los accesos al edificio del Tribunal. Mientras te preparas para testificar no puedes  evitar la invasión de un ramalazo de memorias que, a ciencia cierta, te perseguirán como tiñosas… mientras vivas…

 

“Entro a la habitación. En la espalda, al pasar, siento que la presión de las palmadas es una señal de complicidad e, indirectamente, una contraseña de pase no acordada. Devuelvo los saludos como quien retorna un artículo defectuoso. Sólo mi guayabera -los bolsillos atorados de papeles- se mezcla, participa, confraterniza. Un regusto ácido me sube a la garganta, lo atajo ahí, cierro los ojos un instante, exhalo una buena bocanada de aire. Avanzo. Una mano casi vegetal reclama  mi antebrazo derecho, mientras giro el cuello en busca del sonido de mi nombre, que se forma en el aire y explota como una burbuja familiar al fondo del aposento, entre la mesa y la bandera”.

 

 Siempre has tratado de mantener a raya los ataques de escrúpulos, de dudas, aplastándolos en cuanto asoman sus antenas de coleóptero, ahogándolos en la antigua música de los himnos y los aplausos, que para bien o para mal, llevas claveteada en las maderas viejas de la memoria: aquél hervidero humano, hipnotizado, vociferante, desbordando la Plaza de la Revolución cada “26 de julio”, o aquella marea de boinas rojas precipitándose escalinatas abajo de la Universidad rumbo a Palacio, el pecho explotándote con el rítmico rash-rash de las botas contra el asfalto caliente de EL Malecón, la presión de la metralleta belga sobre la pechera empapada de la camisa verde-olivo, la mano derecha, una garra alrededor del cerrojo aceitoso del fusil, las pupilas atornilladas a las nucas brillosas de la próxima escuadra y la certeza de estar marchando a paso de carga hacia un horizonte sin límites…

 

Con el correr del tiempo habías notado que esa estrategia de reafirmación revolucionaria era cada vez menos efectiva ante el testimonio firme y testarudo de este grupo de disidentes y opositores que habías infiltrado por órdenes de la Seguridad del Estado. Mientras los oías no te quedaba más remedio que admirarlos, sentimiento que habías visto crecer dentro de ti a regañadientes, que poco a poco había sustituido el odio y el resentimiento solapados de los primeros meses y la socarrona hostilidad de los últimos dos o tres años. A fuerza de verlos, de tratarlos, de asistir a sus reuniones “conspirativas”, de cerciorarte una y otra vez de la enorme desproporción que había entre sus proyectos libertarios  y el poder represivo del sistema, habían ido perdiendo esa arista de virulencia y  peligrosidad que necesariamente debe poseer “el enemigo”.

 

Durante el último año habías asistido a sus reuniones como uno más, habías participado de sus huelgas de hambre, sufrido con ellos la violencia y la humillación de los odiosos “actos de repudio”, dirigidos desde lejos por tu “oficial de enlace”; habías formado parte de sus comités de trabajo, de sus órganos de prensa, y tu nombre, había calzado varios boletines noticiosos de denuncias, publicados en la prensa extranjera, muchas veces con la convicción de que “eso era lo que tenías que decir”. Sentías que la máscara que eras estaba siendo devorada lenta y peligrosamente por la asombrosa realidad que te pagaban por vigilar.

 

Cada vez asumías más responsabilidades, escalabas nuevas posiciones de liderazgo, proponías movidas más arriesgadas, ampliabas las áreas de influencia en los centros de trabajo de la capital, diseñabas redes de apoyo logístico dentro y fuera del país, buscabas canales de comunicación con organizaciones internacionales de Derechos Humanos -esos enemigos acérrimos del régimen. Y todo con el aguijoneo constante de tu “oficial de enlace” que  insistía una y otra vez, que sí, que te lanzaras ya, que los empujaras, que los comprometieras, que los cabrones cogieran confianza, que se envalentonaran esos gusanos de mierda; que la trampa estaba lista, te repetía, que todos caerían como ratas en una ratonera. “¡Lánzate!”, remachaba, y te enseñaba unos incisivos amarillentos, grandes y separados como dientes de conejo, mientras se levantaba y se viraba hacia ti y sentías en la espalda el impacto de su palmada, confirmando, como si fuera un cuño oficial, la secreta complicidad que los unía; mientras un olor acre de sudor acumulado te golpeaba el rostro, invadía la intimidad de tu espacio, se pegaba a sus zancadas mientras caminaba hacia la puerta, después de dejar encima del destartalado sofá donde duermes, el sobre amarillo de siempre y la pistola “Makarov” que le habías pedido, por favor, desde el mes pasado. El arma te miró sibilina desde el viejo sofá con su ancestral tuertera depredadora. Te la encajaste en la espalda bajo la arrugada guayabera con un movimiento mecánico. Respiraste profundo, aliviado. Su presión metálica sobre la cadera te produjo una falsa sensación de seguridad. Esa noche presidirías  de nuevo la reunión del grupo, volverías a verles las caras, a animarlos... Y otra vez sientes la antigua tensión en la boca del estómago y otro buche ácido que te trepa a la garganta, pero que ahora escupes como quien hace un disparo a quemarropa. “¡Que se jodan!”... mascullas entre dientes mientras buscas la puerta de la calle. Afuera, la vieja vía, oscurecida por el apagón de las 7,  te luce mas bien un  nebuloso callejón sin salida…

 

“La deposición ante la Jueza, parece que no va a terminar nunca. Primero, mi  nombre y demás datos personales, como si la muy cabroncita no los conociera de sobra. ¡Raúl Cardoso Medina! me hubiera gustado gritarle, pero me contengo. Después, mi identidad de “seguroso”, esto es, el nombrecito que me pusieron cuando me asignaron la tarea de infiltrar a este grupo de opositores: ¡“agente Mario”!, disparo entre sonreído y desafiante, esta vez mirando de reojo a mi grupo de delatados que desde que entré y me senté en la silla de los testigos no me quitan la vista de encima, y para mi asombro, parecen más estupefactos que rabiosos… ¿Un poco avergonzados?  ¿De mí?  No sé… Lo único que sé es que aquí estoy yo, su último responsable de célula, describiendo minuciosamente sus planes de trabajo, los nombres y teléfonos de los comprometidos en cada provincia, los contactos con otros grupos de opositores; y esto como si el jodido tribunal no lo supiera todo, con puntos y comas, por los informes que de mi puño y letra este curita le entregaba mensualmente a mi “oficial de enlace”; como si muchas de esas actividades no hubieran sido propuestas por mi, planeadas por mi, tal y como me las había indicado mi “contacto”. ¿Por qué entonces hacerme repetir todo eso  aquí, frente a ellos, en sus caras? ¿Para amedrentarlos? ¿Será para humillarlos, para burlarse cínicamente de su ingenuidad, para echarles en cara lo crédulos que fueron al confiar ciegamente en mi y de paso sembrarles la filosa semilla de la duda? ¿Para hacerlos sentir desamparados, desnudos, ante los ojos implacables del Estado? ¿Y yo dónde quedo? ¿Quién carajo es el traidor aquí?  No me jodan… una cosa es infiltrarlos y empujarlos a cometer actos supuestamente “ilegales” y otra es venir aquí a desembuchar frente a ellos toda esta mierda… que apesta, que me apesta… Si al menos me miraran con odio, como me merezco que lo hicieran, pero no, los muy imbéciles están ahí como si fueran de palo, sin un ápice de rencor en la mirada, como diciéndome…  “pobre Raúl, que lástima, no vale un coño el muy hijoeputa…”

 

No recuerdas bien la continuación del juicio ni su inevitable desenlace. Terminaste anegado en una especie de sopa rancia, empapado por una transpiración helada y maloliente, la misma sustancia revulsiva y hedionda que trasuda tu “oficial de enlace” y que empañaba constantemente tus espejuelos. Sí, sabías que fuiste el único testigo. La Fiscalía no necesitaba de nadie más.

 

De regreso a tu covacha, nada más entrar, te tiras contra el maltrecho sofá, donde por las últimas noches batallaste infructuosamente con tus insomnios. Como un autómata, echas mano del arma bajo la vieja guayabera. La detonación escapa por el estrecho ventanuco del baño y rebota por las viejas azoteas de Centro Habana, mientras desde el suelo, hacia donde había resbalado, la “Makarov” te hace un guiño de humo por su oscura boca  de verdugo…