Tradiciones
afrocubanas
PERSONAJES DEL folklore
CUBANO:
LOS ñÁñIGOS
-segunda parte-

La cubanidad se fundamenta en la
tradición y la historia; sus orígenes son atávicos transplantes a su
espiral de transculturación[[i]],
pero no es el objeto del presente trabajo la investigación del
complicado fenómeno de integración, del que iremos comentando en el
futuro, sino dar paso a la segunda parte, con nuevos aspectos de
este personaje vinculado al culto popular sincrético de Ireme y a su
vez a la cultura nacional cubana.
Antes de referirnos a los Iremes
que participan de la ceremonia del culto Abakuá,
puntualizaremos algunos detalles de la misma, que por el gran
despliegue de simbolismos y belleza, donde la música que viene de
los tambores es elemento primordial, logró transgredir las fronteras
del culto Abakuá e instaurarse parte del folklore afrocubano.
Los Iremes son los enviados del
Ekue, del Gran Misterio, que siempre aguarda cerca de del sitio
donde se celebra el culto. Visten trajes de tela de saco con ribetes
de soga deshilachada en mangas y perneras, capuchones puntiagudos,
un pequeño sombrero circular tras el cuello, una faja de colores con
ekaniká, (cinturón de campanillas) y sus rostros se encuentran
velados por una gasa.
La lista de instrumentos
de percusión que participa en las ceremonias es amplia, pero nos
referiremos a los instrumentos básicos y a otros dos personajes que
además de los diablitos, etiquetean el culto Ireme.

En interrelación con el
baile y los Iremes actúa un instrumento de fricción de procedencia
efó, llamado ékue que desde una apartada esquina, interactúa en una
especie de diálogo con los instrumentos visibles; el ekón y el bonkó-echenmiyá,
quienes se encargan de entablar comunicación sonora con los
diferentes diablitos que han sido invitados a bailar por la erikundi,
instrumento conformado por cuatro sonajas en forma de cruz, al
tiempo que ellos pueden hacer sonar el enkaniká que es parte de su
atavío.
En la secta ñáñiga o
Abakuá toman parte una amplia serie de elementos, como también es
bastante amplia la lista constituida por los diferentes rangos que
van adquiriendo los integrantes de dicha hermandad o cofradía; lista
demasiado extensa para el incluir en este trabajo, por lo que
tomaremos como referencia solamente dos de ellos por ser los que
intervienen directamente en el ritual de Ireme: El
Kofombre,
encargado del vestuario que utilizan los diablitos, y el
Enkríkamo, que armado de su tambor denominado erikundí y
haciéndolo sonar frenéticamente, desfila en las ceremonias a la
cabeza de los íremes.
Los íremes o diablitos;
este último su nombre popular, completan la legión de personajes
siendo además los que han logrado mayor difusión, a cargo de
ejecutar las danzar rituales. Originalmente en Africa, ellos
representaron las almas de los ancestros, haciéndoles de esta
manera, también partícipes de las ceremonias. En Cuba los íremes son
escogidos entre los obonekues, individuos especialmente preparados
para el desempeño de determinados papeles simbólicos en las
diferentes ceremonias abakuás.
Los íremes más conocidos
son:
Aberiñán y Aberisuá, Anamanguí,
Moruá Yuansá, Eribangandó, Nkóboro erorí y
Kundiabón.
Aberisún y Aberiñán.-
Casi todas las religiones, desde las más elementales
hasta las más complejas, les rinden cultos a los gemelos. Aberisún y
Aberiñán son, en la mitología abakuá de Cuba, los gemelos íremes.
Representan la dualidad en la identidad; la simetría asimétrica. Son
los encargados de sacrificar al mbori (chivo) en las ceremonias.
Aberisún golpea en
la frente al animal mientras Aberiñán lo sostiene en el momento del
sacrificio y finalmente es quien se encarga de ir al monte para
arrojar los despojos del mbori
Anamanguí.-
Es el íreme funerario. Conoce todo el proceso de
amortajamiento del difunto y todo el proceso previo a la inhumación
del cadáver. En la galería digital de los signos gráficos Abakuá de
Cuba, Jesús Guanche expresa, refiriéndose a esta serie de seis
obras: “La serie sobre el íreme Anamangüí, tanto en su concepción
criolla, Amanisón Anamanguí I; como en su versión mítica sobre un
anciano, Okambo Anamanguí II; es el encargado de los ritos
funerarios, Nyoró Anamanguí III; cual especial hechicero, Bere
Anamanguí IV; que domina plenamente el uso del yeso blanco, Biokokó
Anamanguí V y asume con valentía, Eñón Anamanguí VI, sus funciones
rituales postreras.”
Moruá Yuansá.-
Es el solista, y quien con el instrumento que marca
el ritmo, el ekón, da inicio a los cantos.
Representa la jerarquía y
el profundo conocimiento de la lengua ritual abakuá utilizada en las
invocaciones (nkame), en los cantos además de ser consejero ilustre
de los miembros principales del baroko (recinto ritual).
Nkóboro erorí.-
Como en todo ritual acreditado, en esta ceremonia es necesario tener
certidumbre de que cada uno de los pasos rituales esté avalado por
un ancestro, por tal motivo este íreme es quien cumple con dicha
función adelantando su pie derecho o haciendo sonar su ekaniká, en
indicación que ha habido un fallo. Este íreme, en cuya figura
ancestral pueden sintetizarse los complejos pasos rituales y bailes
que propician el del resto de loe íremes, baila con una caña de
azúcar y asume la función de cuidar el tambor sagrado ékue.
Kundiabón.-
Es el íreme tesorero de la potencia y además quien, en tiempos de la
colonia recogía el aguinaldo (regalo monetario) que los espectadores
lanzaban durante el desfile de los diablitos.
El argumento Abakuá
cautivó y cautiva hasta nuestros tiempos, a reconocidas figuras del
arte y la literatura. En 1931 Alejo Carpentier, compuso el poema
Liturgia y escribió su primera novela Ekue-Yamba-O.
A continuación, un
fragmento de Liturgia etiópica de Marcelino Arozarena.
"¡Tiempla
los cueros, José Caridá!
Llama a tu ecobia que
baile el bembé,
que mueva la grupa,
que estire los pies,
que salte,
que grite,
se agache, se pare y se
vire al revés".
Don Fernando Ortiz, una de las figuras
científicas de mayor trascendencia de América Latina y el
más importante etnólogo y antropólogo cubano, propuso en
1940 el uso del término transculturación frente al vocablo
aculturación de origen anglo presentándolo como un vocablo
que expresa mejor las diferentes fases del proceso
transitivo de una cultura a otra, ya que éste no consiste
solo en adquirir una cultura, lo que en rigor indica la voz
anglo-americana aculturación, sino que el proceso implica
también necesariamente la pérdida o desarraigo de una
cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial
desculturación, y, además, significa la consiguiente
creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran
denominarse neoculturación".
El término transculturación, fue utilizado
por primera vez por Fernando Ortiz en su obra Contrapunteo
cubano del tabaco y del azúcar.