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-De la Cosa Nostra, de fanáticos, y de Mazzini-
De cómo el azar unió al chico tranquilo,
al chico tembloroso y a Robles
-séptimo de la serie-
por
Javier Guerrero
En
aquella ciudad de provincias, predominaba la compostura y la serenidad.
Andy Robles, nacido en España, hijo de padre colombiano y madre tejana
había muerto a los cuarenta años. Medía un metro ochenta de altura,
tenía un cutis amarillento y triste, pelo negro, un aire francamente
agresivo y era transportista de una empresa distribuidora de
electrodomésticos y poeta aficionado. El adiós a la vida no le llegó en
con el gatillo de un revólver que reserva proyectiles fulminantes, ni
con el filo de una navaja ayudada por una mano certera, y tampoco nadie
se había molestado en añadir una dosis letal en el vaso de agua que le
entregaría a los designios del sueño eterno. Ni mucho menos se trataba
de una muerta estúpida –causante de sorpresa, resignación, tristeza y
cierta risa en los otros, los dueños de las mentes simples–, tal como la
de la espina de pescado en la garganta, el resbalón en la ducha o el
rayo de la tormenta que entre varios kilómetros a la redonda decide una
víctima pastoril en un campo repleto de encinas y ovejas intactas.
A Robles
se le
fugó la vida entre golpes y vómitos agonizantes, con su
ojos y nariz húmedos, con el rostro desfigurado y falto de expresión –
tal como el de un muñeco de trapo maltratado por un niño - y su cuerpo
lleno de llagas. El escenario no era similar al del viejo que se retira
a su pueblo anhelado a morir, ni siquiera a la habitación de cuidados
intensivos de un hospital, donde un tipo toma conciencia y se prepara
para ver la muerte venir. Y hasta puede llegar a recibirla con agrado.
El cadáver apareció una mañana sabatina y otoñal, con los ojos
extraviados mirando a un infinito inexistente, acomodado sobre la
aspereza de la arena, las piñas, los piñones, los vidrios, las latas, y
las agujas de un descuidado pinar sito en las afueras de la ciudad. La
escena fue descubierta por un pareja de adolescentes que trataba de
acortar por el lugar del crimen su llegada al centro de la ciudad.
Ha
ocurrido algo horrible. Hay un hombre muerto a palos en Los Arenales, al
principio de su recorrido, desde donde se divisan los trenes de la
estación – dijo en su llamada telefónica el más atrevido, predispuesto y
tranquilo de los chicos, pues al otro le temblaba todo el cuerpo y no
podía articular palabra.
javierdivisa@yahoo.es |